Sobre el efecto de las etiquetas

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Tímido, extrovertido, nervioso, bueno, malo, hiperactivo, inteligente... son solo alguna de las maneras que tenemos de referirnos a otras personas, de etiquetarlas. Continuamente categorizamos o somos categorizados por otras personas, ya sea en un ambiente clínico, por ejemplo si vamos al psicólogo a ser diagnosticados, o en un ambiente cotidiano al referirnos a otros.

Las etiquetas son pues agrupaciones de conductas. Si vemos a una persona que le cuesta hablar en público, que prefiere no relacionarse con nuevas personas o que no habla mucho, es probable que digamos que es tímida o introvertida.

La ventaja de las categorizaciones es que ahorramos recursos al utilizarlas. En lugar de decir todas las actitudes positivas que reúne una persona, diremos que es una persona buena.

En el ámbito de la salud mental, diagnosticar nos permitirá entender cómo puede evolucionar una situación en función de cómo lo han hecho personas con el mismo diagnóstico. Eso ayudará a orientarnos respecto al tratamiento que llevaremos a cabo.

Por lo tanto, las etiquetas son funcionales, tanto a un nivel cotidiano como clínico. Sin embargo, éstas también pueden conllevar riesgos.

Realizamos una investigación en 2015 en la Universidad de Sevilla que posteriormente fue publicado en una revista científica. El artículo se llama “Influencia de las Etiquetas Verbales en una Situación de Elección de Recompensas”. Brevemente, consistía en realizar unas pruebas falsas a unos evaluados, tras estas pruebas se les etiquetaba al azar con las etiquetas de persona impulsiva o personas auto controladas. En una fase posterior, se les sometía a un juego de cartas de azar donde tenías que conseguir el mayor número de puntos asumiendo posibles pérdidas. Lo que pudo concluir el estudio fue que las personas que fueron etiquetadas de impulsivas asumieron, con diferencias estadísticamente significativas, mayores riesgos que las etiquetadas de auto controladas. Es decir, mediante el etiquetaje se modificó la conducta de elección.

Llevado a otros ámbitos, imaginaos la influencia que puede tener, sobre ti o sobre los de tu alrededor, que un profesional te diagnostique.

Durante la carrera, tuvimos un profesor que nos contó una anécdota. Nos explicó que estaba en el parque con su hijo, y que se pararon con las bicis junto a un estanque para descansar. A esto que vino un niño corriendo, cogió una de las bicis y la tiró al agua. Tras él vino su padre, claramente agobiado por la actitud de su hijo. Él se disculpó y dijo que su hijo lo había hecho porque tenía TDAH. Mi profesor le respondió que lo comprendía, pero que si no le iba a reñir o a castigar por lo que había hecho.

En esta ocasión podemos observar como una etiqueta cambia la actitud del padre del niño diagnosticado frente al problema, ya que asume que la conducta de su hijo es imposible de rectificar por tener TDAH. Evitando así que lleve a cabo las actuaciones educativas necesarias para, precisamente, cambiar los comportamientos de su hijo.

En nuestra experiencia profesional, observamos ciertas tendencias diagnósticas. Por ejemplo, hace unos años era “fácil” encontrarse diagnósticos de TDAH. Ahora, vemos un aumento notable de TEA. Que en ocasiones nos lleva a preguntarnos por la fiabilidad de dichos diagnósticos. ¿Están sujetos a “modas” diagnósticas? ¿Hay realmente un aumento en la prevalencia? Lo cierto es que en ocasiones encontramos casos de niños que son peculiares, que salen de la norma, que tienen intereses diferentes o que tienen cierta dificultad para sentirse identificados con sus iguales y fácilmente encontramos que esta divergencia se patologiza mediante un diagnóstico de TEA, teniendo consecuencias, normalmente negativas, para el niño y su familia ya que se cambia la manera de verles o de tratarles. Por otro lado, algunos chicos y chicas con alta capacidad también pueden experimentar las realidades antes descritas. Realizando un estudio al completo se puede determinar de forma más certera el diagnóstico del niño.

Debo insistir en que diagnosticar tiene sus ventajas y es, en muchas ocasiones, necesario, por ejemplo un correcto diagnóstico de alta capacidad permitirá a los educadores implementar medidas en el aula, como la aceleración o el enriquecimiento que desarrollará el potencial y evitará problemas de desmotivación escolar. En conclusión, debemos ser muy cuidadosos a la hora de emitir diagnósticos. Para ello debemos responder a dos preguntas ¿Aporta algo positivo? Y, ¿Es éste el diagnóstico acertado, o hay algún otro que explique mejor la realidad del niño?