Manual de uso del refuerzo positivo en educación. 1ª parte, ¿Qué es (y qué no) el refuerzo positivo?

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Bienvenidos al primero de una serie de posts destinados a desgranar el uso del refuerzo positivo en la educación.

Soy Javier Quesada, psicólogo y analista funcional de la conducta, apasionado de la educación infanto-juvenil y parte del equipo del centro Hypatia Tarragona. Desde nuestro centro creemos que es importante abordar este concepto con claridad, ya que a menudo se malinterpreta e incluso se demoniza, cuando en realidad es uno de los principales mecanismos que regulan las interacciones humanas. Y es que, aunque no lo pretendamos, estamos continuamente empleándolo.

Antes de aprender cómo utilizar el refuerzo positivo en educación —ya sea a nivel profesional o familiar— es necesario detenernos y definirlo con precisión.

¿Qué es el refuerzo positivo?

El refuerzo positivo es una relación funcional entre una conducta y su consecuencia: consiste en la presentación de una consecuencia que provoca que dicha conducta aumente su probabilidad de ocurrencia en el futuro.

Dicho de otro modo, una consecuencia solo es un refuerzo positivo si, tras aparecer, la conducta se repite con mayor frecuencia.

Por ejemplo, si saludamos al vecino del cuarto y este nos contesta con amabilidad, será más probable que volvamos a saludarlo al día siguiente. No ocurrirá lo mismo con el vecino del tercero, a quien saludamos de la misma manera y no nos responde.

El refuerzo positivo juega un papel central en el aprendizaje y en la regulación de las relaciones humanas. Bien empleado, facilita la adquisición de conductas, mejora los vínculos y orienta el comportamiento de forma eficaz.

Conviene aclarar dos aspectos clave del término:

La tabla de contingencias

En psicología conductual, las consecuencias de una conducta suelen organizarse mediante la tabla de contingencias, que combina dos criterios sencillos:

Si la conducta aumenta o disminuye.

Si la consecuencia aparece o desaparece.

De forma resumida, podemos visualizarlo así:

Esta tabla no indica qué es recomendable y qué no lo es. Describe relaciones funcionales, no prescribe intervenciones educativas.

Ejemplos de cada tipo de consecuencia

La conducta aumenta porque aparece una consecuencia agradable.

Ejemplos: dar las gracias cuando alguien nos trae un café, sacar una muy buena nota, recibir un abrazo al explicar un problema, reconocer a un alumno que ha ayudado a un compañero o permitir más tiempo de pantalla tras un buen comportamiento en casa.

La conducta aumenta porque desaparece una consecuencia aversiva.

Ejemplo: retirar la prohibición de ver la televisión cuando el niño empieza a recoger su habitación.

Aparece una consecuencia aversiva que reduce o inhibe la conducta.

Ejemplo: una reprimenda tras pegar a un hermano. Se utiliza el término “disminuir”, aunque en muchos casos el efecto real es más bien de inhibición temporal, algo que abordaremos en detalle en una publicación posterior.

Se retira una consecuencia agradable para reducir la conducta.

Ejemplo: perder un privilegio tras un comportamiento inadecuado.

Es importante subrayar que definir una consecuencia no implica recomendarla. Por ejemplo, dar un cachete es, técnicamente, un castigo positivo, pero ningún profesional de la psicología recomendaría su uso. En educación, los castigos deberían tener un papel muy residual y aplicarse sólo en contextos muy concretos.

La función de la conducta

El refuerzo positivo, así como cualquier elemento de la tabla de contingencias, se define exclusivamente por su efecto sobre la conducta. De manera que, si una consecuencia no aumenta la conducta, no es un refuerzo positivo, independientemente de la intención del adulto.

Aquello que funciona como refuerzo depende de múltiples variables: el contexto, el nivel de privación, la habituación, las diferencias individuales o la edad, entre otras. Por ejemplo, un billete de 500 € puede ser un potente refuerzo para un adulto, pero será irrelevante para un bebé. Ese mismo billete tampoco tendrá el mismo efecto en una persona pobre, que en una rica.

Además, una misma consecuencia puede tener efectos distintos según la función de la conducta: Si un niño busca atención y el docente le riñe delante de toda la clase, esa reprimenda puede funcionar como refuerzo positivo, ya que cumple su objetivo: captar la atención de los demás. En cambio, si el niño intentaba pasar desapercibido mientras copiaba en un examen, esa misma reprimenda puede funcionar como castigo positivo.

Por este motivo, muchos profesionales insistimos en que un refuerzo positivo no es un premio. Más bien, un premio puede funcionar como refuerzo positivo… o no, dependiendo de su efecto real sobre la conducta.

En resumen

En este primer post hemos visto qué es el refuerzo positivo y qué no lo es. Hemos introducido la tabla de contingencias y hemos empezado a explorar cómo una misma consecuencia puede tener efectos muy diferentes según la función de la conducta.

Para utilizar el refuerzo positivo como herramienta educativa es imprescindible comprenderlo primero a nivel teórico. En las próximas publicaciones abordaremos las formas más habituales de aplicarlo en contextos escolares y familiares. Sobre todo, nos centraremos en el uso correcto de las economías de fichas. Una herramienta fascinante y sencilla de aplicar siempre que se tengan en cuenta ciertas premisas.

Reflexionemos juntos

Te propongo una pequeña actividad: piensa en diferentes consecuencias que, para ti o para tus hijos e hijas, puedan funcionar como refuerzo positivo. Recuerda que no todos los refuerzos positivos son “agradables” a simple vista; como hemos visto, incluso una bronca puede reforzar una conducta si esta tiene una función atencional.

Empiezo yo: para mí es un refuerzo positivo recibir vuestros comentarios, sugerencias o feedback en jquesada.psico@gmail.com

Os deseo un día con grandes y buenos refuerzos y con ausencia de castigos.

¡Nos vemos pronto!