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LA RESPUESTA EDUCATIVA A LA DIVERSIDAD EN LAS AULAS

Los aspectos cognitivos, sociales y afectivos de las personas no son un simple producto del ambiente ni el resultado de sus disposiciones internas, sino una construcción propia que se va produciendo día a día como resultado de estos dos factores.

Según Vygotsky el aprendizaje no se considera una actividad individual sino social,

aunque la enseñanza tiene que individualizarse en el sentido de permitir al alumno trabajar con independencia y a su propio ritmo. Las personas perciben, sienten, organizan y construyen sus ideas de forma diferente, dependen de sus relaciones con los otros, de la forma de interactuar con aquello que quieren aprender y el grado de significado que tengan los aprendizajes para ellos. Los resultados de todas estas interacciones, dan siempre el desarrollo de personas muy diferentes unas de las otras, de personas que muestran una diversidad que, lejos de ser un problema, es un elemento enriquecedor que actúa en todos los ámbitos de su vida.


En el campo que nos ocupa, la educación, nos tenemos que plantear como dar respuesta a esta diversidad en nuestras aulas, como actuar para qué todos los alumnos puedan desarrollar sus capacidades intelectuales, sociales y emocionales según sus características, como ser respetuosos con las individualidades que hay dentro de la

escuela y atenderlas adecuadamente y al mismo tiempo convertirnos en una escuela para todos, que evite la discriminación y la desigualdad de oportunidades.

Esta forma de situarse ante la diversidad dentro del ámbito escolar hay que verla como una riqueza, como la oportunidad de aprender de otras personas y con otras personas, superando la dicotomía “diverso/normal” yendo a una concepción más amplia qué acepta que la diversidad es lo que permite hacer de cada persona un ser original (Malaguzzi, 1987). Para atender esta diversidad dentro del aula es esencial ajustar la intervención educativa a la individualidad del alumno y, por eso, hay que estudiar las diferencias individuales para tenerlas presentes en el diseño de las respuestas educativas.

Hay rasgos diferenciales que tienen que ver con su personalidad, su nivel de competencia curricular, el ambiente familiar, las propias carencias o las expectativas. Para poder atender la diversidad hay que identificar las diferencias individuales del alumnado si queremos facilitar al máximo el desarrollo de las potencialidades de este. Bajo esta concepción de diversidad el centro de atención es el niño y la niña y, por lo tanto, en base a ellos hay que pensar una organización de la clase, los espacios, materiales, metodologías, horarios, adaptaciones curriculares, programas de enriquecimiento dentro y fuera de la escuela, que considere el desarrollo de todas sus capacidades intelectuales, sociales, afectivas, sus intereses, ritmos y estilos de aprendizaje.

Sabemos también que no hay un único modelo de alumno definido por la edad y el nivel escolar en que nos situamos. La diversidad en el aula es un hecho como en la familia, en la calle, en la vida, por eso la igualdad de oportunidades no existe, es imposible, sin la consideración y el respecto a la diversidad. Un excesivo celo en la homogenización de la enseñanza, una mala interpretación de la igualdad educativa, lleva muchas veces al centro educativo a no dar respuesta a las necesidades de los alumnos con altas capacidades que tiene en las aulas. La escuela tiene que ser la que promueva en un sentido amplio, tanto el conocimiento como el reconocimiento de los alumnos con AC, bajo los mismos principios de respeto y atención a la diversidad aplicable a cualquier otro colectivo de personas en formación. Las personas con AC aprenden de forma diferente, tanto en cuanto a su velocidad como en referencia a la calidad y complejidad. A nivel escolar, necesitan por lo tanto que tanto el ritmo como la profundidad del currículum sea ajustado, buscando “mantener a cada estudiante ocupado en su nivel más alto de logro, para promover que tenga éxito y esté feliz y adaptado” (Seashore, 1922). La investigación y la práctica constatada, evidencian que las necesidades de estos alumnos a menudo no son logradas, puesto que el enfoque se sitúa habitualmente en aquellos alumnos con dificultades para lograr el nivel curricularmente esperable y muchos educadores no cuentan con la formación necesaria para cubrir las demandas de los alumnos de AC (Archambault, 1993). Previamente a la implementación de cualquier medida de intervención educativa, conviene tener en cuenta variables como:

•Tipología de altas capacidades del niño/a diagnosticado •Desarrollo emocional y social. •Intereses del niño/a.

•Relación con la familia. •Características del grupo-clase. •Los recursos materiales y humanos que dispone la escuela. •Cambios en el espacio físico y en la estructura y temporalidad de las clases. •Coordinación de ideas y trabajo entre todos los miembros de la escuela. •Diseño metodológico. •Desarrollar la motivación y la creatividad, planificando un contexto enriquecido de aprendizaje. En el ámbito escolar, es recomendable que cualquier estrategia de intervención queden recogidas en un plan individualizado (PI) o un documento de coordinación interna vinculado al expediente del alumno, que agrupe el conjunto de apoyos, medidas y adaptaciones que un determinado alumno ha requerido en los diferentes momentos y contextos escolares.


El tutor tiene que ser la persona responsable de la coordinación de los diferentes profesionales que intervengan, en el PI, de hacer el seguimiento y tiene que actuar como principal interlocutor con la familia. El plan, que se tiene que elaborar en un plazo máximo de 2 meses, se tiene que valorar de forma trimestral y revisar cada final de curso. Tiene que ser aprobado por el director del centro educativo y, tal como establece la Orden EDU/296/2008, de 13 de junio, hay que dejar constancia en el expediente académico del alumno.

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